domingo, 15 de abril de 2012

LOS BUNHEROS

Anoche vimos un bunhero. Los dábamos por extinguidos. Lo más insólito del bunhero que ayer nos enseñó Abinou es que estaba solo.
Los bunheros tienen un tronco delgado en la base y se van ensanchando hacia lo alto. Por eso, su equilibrio es inestable y solo sobreviven en comunidades de al menos media docena de ejemplares, aunque lo más habitual es que formen verdaderos bosques. Los bunheros requieren del grupo para apoyarse los unos en los otros, reclinando sus copas sobre las de los vecinos más cercanos, en juegos de equilibrio muy complejos: para que un bunhero se sostenga en pie, suele ser necesaria la intervención, con sus pesos y contrapesos, de varios centenares de árboles, sostenidos a su vez en la misma intrincada red de apoyos. Se comprenderá la fragilidad extrema de esta especie. La tala de un solo bunhero comportaba a veces la desforestación de provincias enteras.
Cuando un bunhero se desploma, su madera se pudre con la rapidez propia de estas regiones húmedas, y produce un humus muy bueno, del que crecen unas flores amarillas que, salvo el color, son  parecidas a las amapolas.
Pero lo más celebrado de los bunheros son las pequeñas hojas que crecen en las ramas bajas orientadas a poniente.
Durante miles de años, estas ramas -las más estrechas- fueron las preferidas por los macacos de cara pintada, que las usaban como mingitorios.
Se desconoce si esta prolongada cohabitación con la orina de los macacos desembocó en una reacción química imprevisible, o si es que, simplemente, los bunheros se hartaron de ser faltados al respeto, y cavilaron el mejor modo de desembarazarse de los incómodos intrusos.
El caso es que, tras varios miles de años, las hojas de los bunheros mutaron en su aspecto actual de mariposas.
En el dorso tienen una tonalidad azul cobalto, moteada de manchitas negras, y en el reverso, las proporciones de estos colores se encuentran invertidas: al darles vuelta, las hojas son negras con pinceladas azules que parecen pequeñas pupilas asombradas, y desprenden un polvillo parecido a la pimienta, pero que no sabe a nada y es inocuo. Lo más hermoso es contemplar las hojas a primera hora del día, cuando la luz despunta y aprovechan la brisa matutina para sacudirse en un leve movimiento espasmódico, que nos sugiere la capacidad de aletear. No parece disparatado sospechar que este movimiento fuera lo que ahuyentó a los macacos. 
Varios centenares de de estas hojas pueden apreciarse en las colecciones del Fritßgartenmuseum alemán. Algunas están catalogadas entre las secciones de botánica, mientras que otras constan en los pavellones de entomología, acaso por error, donde están clavadas con agujas sobre cartulinas blancas.
Abinou pronostica que, durante los próximos siglos, los bunheros experimentarán una regresión evolutiva, y que sus hojas dejarán de parecer mariposas para recuperar su primitivo aspecto.
Sabremos así, según él, que los bunheros habrán preferido la orina de los macacos a ser sometidos a los estudios de los naturalistas.