Girona, dissabte al migdia
No recordo que mai m'haguessin colpejat d'ençà que sóc adult.
El
River és un cafè gironí, decorat amb imatges de Bruce Springstreen, que en les deu línies de la portada de la seva web promet un "ambient cosmopolita", "bon ambient", "el millor ambient" i, com que fa baixada, "multiambient".
A mi, mentre feia cua per pagar davant la barra, a plena llum del dia, a l'hora de dinar, m'hi acaben de clavar un cop de puny al mig del cap.
L'agressor ha estat un altre client del River, que després de l'hòstia, ha tornat a entaular-se com si res.
Els meus amics protesten. El personal del River mira cap una altra banda, tots segueixen traginant safates i cobrant-nos les consumicions. De fet, intenten cobrar-nos unes braves de més, però això ja és una altra història.
M'adreço al
responsable del local, que fins avui, sempre m'ha atès amablement, i que ara mateix passa pel meu costat com qui no vol la cosa.
- Perdona -li dic- aquest paio m'acaba de clavar un cop de puny al cap.
- Jo no he vist res.
- Ja. Doncs m'acaba de fotre una bona hòstia al cap. Hauríeu de trucar a la policia.
- A la policia? No fotis! Si vosaltres sou set, i ell només un.
La seva rèplica és tan inesperada (sarcasme o invitació a la batalla campal?) que ni tan sols no miro de fer-lo entendre que nosaltres som set clients pacífics davant d'un -només un- paio que no m'ha trencat la cara de miracle. Per començar: sense cap frase ni mirada prèvia, m'ha etzibat una empenta a l'espatlla, m'ha travessat; li he dit "no cal empènyer, que ja sortim tots"; ha tornat a entrar, m'ha preguntat si em volia emportar una hòstia; li he dit que no; me l'ha clavat.
Ara segueix mirant-me, entaulat, no sé si prenent el postre o apurant la copa, mentre el propietari del River se'n desentén, de tot plegat.
- Hauríeu de fer-lo fora. No penseu fer res?
- Perquè? Jo no he vist res.
- A mi m'agrada venir a aquest bar, hi venim de tant en tant. I us esteu comportant de tal forma que no podrem venir mai més.
- Aquest noi que dius és un client habitual. Mai no ha pegat ningú.
- Vaja, ara ja sí.
El propietari del bar em mira, desconcertat. Intenta esquivar-me (com jo mateix he fet, amb èxit relatiu, davant de l'hòstia) i seguir servint taules, però insisteixo. Em fa l'efecte que ni tan sols no entén què és el que espero d'ell. Però per ara, si més no, ja m'ha fet comprendre quina és la diferència entre client ocasional i client habitual, i fins on arriben les prerrogatives dels segons. No em sembla poca cosa.
Mentre conversem a l'exterior del bar, penso que, a dins, l'agressor ja deu estar a punt d'acabar les postres, o la copa. Potser fins i tot ja n'ha demanat o li n'han servit una altra.
Sembla que el propietari del River té una idea.
- Però què és el que vols? Una disculpa? A veure, espera't aquí un moment...
El sento cridar l'agressor pel seu nom.
- M... Vine un moment!
La idea és pèssima. L'agressor se m'acosta i no cal ser psicòleg per entendre que té ganes de ventar-me la segona hòstia. De fet, enfila directe cap a mi, se m'encara i nosaltres (els set contra un) retrocedim com un sol home.
El propietari del River li demana que es disculpi i l'homenot estira un braç cap a mi.
Mentre sortim pitant, arribem a veure com l'homenot torna a entrar al River.
Sospito que, hores d'ara, al River segueixen pensant que el seu comportament va ser modèlic. Si fins i tot em varen demanar disculpes!
Dubto que hagin entès que, a mig termini, continuar servint els agressors, mentre els clients atonyinats es veuen empesos a marxar del local, és una estratègia comercial diguem-ne que dubtosa.
Ja no ètica: es tracta d'una qüestió més immediata, de simple integritat (física, vull dir).
Segur que al River ningú no notarà la diferència, però a mi em fa prou llàstima no poder tornar-hi. M'agradava el cuiner del River. I una nit ens hi van servir un mezcal reposat molt millor que el del "colmado".
Per sort, hi ha alternatives bones: ben bé al davant, al peu de Sant Fèlix, hi ha el
Konig.
I uns metres més enllà, al Pou Rodó, el millor cafè: el
Context.Cafès civilitzats, on no cal que l'ambient sigui "cosmopolita", ni tan sols "multiambient".
Bona gent.
CONTRAPLANOS
Y, como si esto fuera un Rashomon de provincias, empiezan a llegar otras versiones de los hechos.
La primera nos la envía Vittorino Iriarte, que escribe de parte de El hombre pantera.
Esta crónica tiene la virtud de recuperar la intervención salvadora de Juan, a quién llamamos, desde entonces, "El puto enterrador", como si fuera un campeón de wrestling a punto de enfrentrarse a El Santo. En seguida entenderán por qué.
1.
En la boca, fuerte, un golpe seco. Los huesos de la mano. El hígado: uno, dos, tres, cuatro. Los ojos con las uñas. El cuello, morder en el cuello, con fuerza, en la yugular. Morder, también con fuerza, en la femoral. Las rodillas, con un bate. Los pómulos. El tabique nasal, con un puño de hierro. Algo punzante: en la espalda, en los riñones. Desgarrar. Romper. Cortar. Partir. Obligar a alguien a que coma tierra y hierba. Decirle al oído:
- Cabrón, hijodeputa, cabrón, ahora te vas a comer esto.
Decir esta frase sin elevar el tono, con voz tranquila, muy despacio.
Una navaja de barbero. Cadenas, luchacos y estrellas ninja. Cuchillas. Una navaja automática, de esas que hacen ¡click! Un hacha. Un fusil acuático usado fuera del agua. Las costillas, fuerte, tan fuerte que se rompen y se clavan en los pulmones. Anzuelos, usar anzuelos en seco. Fuego. Quemar un bar. Quemar una moto. Quemar un coche. Quemar un colegio. Quemar un sanatorio mental. Quemar una gasolinera. Quemar una piscina. Quemarlo todo. Un lanzallamas. Un directo. Un crochet. Un gancho. Fintar y lanzar un golpe con la derecha, una hostia. ¡Te voy a dar una hostia! Muchas hostias. Te vas a comer esto. Sí, tú, te vas a comer esto. Molerte a palos. Cabrón. Hijoputa. Hijo de la gran puta. Tu puta madre. Cabronazo. Te voy a partir. Te voy a matar. Te voy a dar de hostias.
- Ey.
No me mires. Que no me mires. ¿Estás sordo? ¡No me toques! Ni se te ocurra tocarme. Si me miras te mato. ¿Me estás mirando a mí, tío? ¡Que te calles! ¡Que te calles! Cierra la boca. No te acerques. Si das un paso más, te mato. Te vas a comer esto si te acercas. No me toques.
- Ey.
- Ey ¿qué?
- Que tengas cuidado, tío.
- Que tenga cuidado de qué.
- Que me has dado un golpe al salir, ten más cuidado.
El hombre pantera se tensa, algo está a punto de suceder. Una pelea. Una pelea en un bar. Una pelea en un bar con un motero que lleva un chaleco de cuero sin mangas. Mierda, esto parece una película, se dice. Y se tensa. Está a punto de suceder algo. Y sucede.
Hace unos días, el hombre pantera envió a Isakiski un dibujo donde aparecían dos boxeadores. "Estoy en una exposición sobre Geroges Perec y he encontrado esto. Me he acordado de ti", le dijo. El dibujo pertenecía a un cuaderno de adolescencia de Perec y mostraba una escena de un combate de boxeo. Alguien que golpea. Alguien que recibe. Alguien que observa. Alguien que narra.
Y sucede.
- Te jodes, no haberte puesto en medio.
- Vale, muy bien, dice Isakiski.
- ¿Qué?
- Nada.
- ¿Qué?
- Que eres un campeón.
Y el motero vuelve y suelta el primer puñetazo.
2.
El hombre pantera recuerda que una vez, cuando vivía en Barcelona, tuvo ganas de destrozar un coche con un bate y de hacer daño a alguien. Pedaleaba hacia el centro de la ciudad cuando un tipo que conducía hasta arriba de droga se saltó un semáforo y lanzó al hombre pantera y a su bicicleta por los aires. No fue grave, sólo el susto y el golpe y los rasponazos. Lo primero que hizo el tipo fue ofrecer dinero para no dar parte al seguro. Después, cuando el hombre pantera dijo que no, dio un número de poliza falso. Durante semanas fue imposible localizar al conductor. Fue entonces cuando el hombre pantera tuvo ganas de hacer daño. De destrozar el coche con un bate. De llamar a un número de teléfono con muchos números y decir:
- Golpear fuerte.
En las películas sucede así. Un número y alguien que responde en la penumbra. Dinero. Después, la violencia. Sangre. El ruido de los huesos rompiéndose.
3.
Un gesto rápido del motero al bolsillo trasero de su pantalón. Un brillo. Isakiski, Santi, León, el hombre pantera. Juan muy cerca. Los camareros mirando y sin hacer nada. Un poster de Bruce Springsteen de cuando era joven y cantaba The River. Una chica de piel muy blanca y ojeras sentada en una mesa redonda, observando la escena como si estuviera en el cine. El brillo. Y Juan saltando sobre él. Y Juan llevándose al motero a la calle. Esta es la escena del enterrador. Sigue así:
- ¡A mí no me tocas!, grita Juan.
- ¿Que no te toco?
- ¡A mí no me tocas!
- Hostias.
- ¡Ni hostias, ni hostias, a mí no me tocas!
- Te voy a...
- ¡Tú no sabes quién soy!
- Qué...
- ¡Que tú no sabes quién soy!
- Quién soy, quién soy... Te voy a dar una hostia.
- ¡No tienes ni puta idea de quién soy!
- Te voy a dar tal hostia que vas a ir al cementerio, quién soy, quién soy...
- ¿Al cementerio?
- Al cementerio, sí.
- Al cementerio, tío... Al cementerio vas a ir tú. ¡Yo soy el puto enterrador!
- ...
- ¡Yo soy el puto enterrador del cementerio!
- ...
4.
Llorar. Sentirse mal y llorar. Llorar por dentro. Llorar por fuera. Llorar de rabia. Llorar con los dientes apretados. Llorar para sentirse mejor. Llorar para relajarse. No llorar. Temblar un poco. Temblar por dentro. Temblar de frío. Temblar de rabia. Temblar y dejar de temblar.
5.
- Ven. Ven, le dice ella.
Y se desnuda y camina de puntillas hacia el agua y se lanza de cabeza al río y desde el agua grita:
- ¡Venga, ven!
Es un día soleado de primavera, media tarde, a orillas del río Onyar, en las afueras de Girona. Y él se levanta y se quita la ropa y camina despacio hacia el agua y cuando mete el pie, ella se ríe, porque el agua está helada, y él también se ríe y ella entonces le lanza un chorro de agua desde su boca, como si fuera una ballena, y él entonces, muy rápido, se lanza de cabeza dando un grito salvaje y ella también grita y se ríe y ahora los dos simulan una pelea entre un cocodrilo y un hipopótamo, y chapotean y se hacen aguadillas y se abrazan y se besan, se besan al principio con besos cortos y después con un beso largo con lengua, moviendo mucho la lengua, con un beso que hace que él se empalme, con un beso que hace que ella le desee como jamás le había deseado, y se hunden un poco y después salen a la superficie y respiran, y se ríen y se besan, ahora con besos cortos, en los labios, en la cara, en la frente, en los ojos, en las manos, en el cuello, en los brazos. Y el sonido de esos besos en sus cuerpos podría describirse así: muak, muak, muak, muak, muak...
Y la siguiente crónica es la versión de los hechos según Juan, a quien -para entendernos- seguiremos llamando "el puto enterrador":
"Llevábamos horas esperando un agua con gas y unas bravas cuando, por fin, decidimos liberarnos de la garra de aquel sol y de aquellos camareros. Fuimos a pagar con recelo. No queríamos pagar. Musité la posibilidad de un "simpa" a la andaluza. Sólo Santi me oyó. El argentino confeccionó palabras precisas, con etimologías adecuadas, para enfriar ese impulso y defenderlo al mismo tiempo. Decir que "no" para poder decir que sí sin miedo. Y el motero quería escapar de la dama pálida, de la mesa redonda, de las ojeras profundas de la dama pálida. Y de Springsteen. De la idea de convertirse en un sucedáneo descolorido y sobreexpuesto, no ya de Springsteen sino del papel ácido y malo en el que estaba impreso el poster de Springsteen. Notó que nosotros ya habíamos tomado la iniciativa, que ya habíamos comenzado a desencadenarnos del antro, y tu cuerpo debió parecerle un cerrojo, una espera eterna, un eterno túnel entre él y la calle. Cuando se giró, fue a golpear a la dama pálida que llevabas translúcida en el rostro. Eras una trasparencia propiciatoria, un colchón de carne, un saco de azogue donde ahogar el brazo que merecía ella.
Pensé en Marlon Brando convertido en padre de Superman, en el espectro desmesurado y verdoso que parpadea por última vez en un cristal de criptonita. El último recuerdo físico, el último rastro resplandeciente de los orígenes del superhéroe justo antes de que un alud entierre el pasado entero bajo el hielo. Ya sólo queda el presente. Él no sabe quién soy yo. El miedo, cristal transparente, apaga su garganta.
Sí. Por un amigo, yo soy el puto enterrador. Y qué?
Gracias por ese fin de semana, querido Isakiski."
A este relato solo me cabe añadir el recuerdo de una Andrea admirada, que celebraba que Juan hubiera tenido tantos reflejos y tanta experiencia vivida en los bajos fondos. Reconozco que esa frase me hizo mucha gracia.
Porque, puestos a añadir un matiz, muy leve, a mi entender, lo que explica de verdad la oportuna y admirable reacción de Juan no son tanto los bajos fondos, como sus fructíferas experiencias como actor. Sin ni siquiera tener que darla y mucho menos recibirla, Juan interpretó un papel de la hostia, tanto que reculó al motero.
Y aún otro detalle que, añadido al acento sevillano, explica mejor que nadie su heroico salto al vacío: pocas horas antes, habíamos salido todos de ver al Grupo 7.