sábado, 11 de agosto de 2012

EL BORRADOR


EL BORRADOR

(Para los escritores participantes en aÑo12 mApA21285)

Inclinado sobre el escritorio, en una buhardilla de un país nórdico cuyos ventanales de doble cristal resguardan bien del frío, del tránsito y hasta de las ideas ajenas, el escritor acaba de hacer un descubrimiento desconcertante, tanto que no termina de darle crédito.
Cada vez que redacta una línea, garabatea una frase pluma en ristre o teclea una letra en el ordenador, de modo instantáneo y simétrico, desaparece una línea, una frase o una letra de la historia universal de la literatura, borrada para siempre del interior de todos los volúmenes, anaqueles o discos de memoria.
Es como si la literatura universal se comportara igual que un recipiente colmado hasta los bordes, y cada vez que recibe una nueva dosis, la aceptara a cambio de derramar una parte equivalente del contenido previo.
El escritor ha descubierto esta circunstancia por una improbable casualidad, y ahora se estremece al comprender que lo más natural hubiera sido no caer jamás en la cuenta: tanta y tan infinita es la literatura que existe desperdigada por el mundo. En un trajín constante, a caballo entre el escritorio y la biblioteca y la computadora, el escritor ha dedicado las últimas semanas a ensayar numerosas verificaciones, a tratar de sorprender alguna frase literaria memorable en el tránsito de desintegrarse por su culpa, como consecuencia de la sentencia que él mismo acaba de pergeñar, acaso en las antípodas, en otro idioma y al cabo de los siglos del texto aniquilado.
Por más que investiga, el escritor nunca puede saber si, al redactar su nueva frase, acaba de borrar un fragmento de la Odisea, unos versos anónimos o un libro de autoayuda escrito con el fin de reblandecer los escrúpulos de empresarios con demasiada conciencia social. Nunca logra averiguar si el texto destruido era peor o mejor que el suyo, si ha cometido un atentado ecológico o una heroicidad. Se pregunta si el mismo fenómeno no estará sucediendo al mismo tiempo en otros puntos del planeta, con otros escritores.
Intimidado, deja de trabajar durante un tiempo.
Le tienta la eugenesia, la posibilidad de limitarse a reescribir una y otra vez los textos que más admira de los grandes maestros, pero comprende que teclear Macbeth para curarse en salud y protegerlo es un sinsentido si la operación implica poner en riesgo Hamlet.
Al cabo del tiempo, retomará la escritura con suma prudencia, meditando largamente cada frase, asegurándose de que merece la pena correr por cada letra el doble riesgo del holocausto y -eso lo asusta aún más- del consiguiente sentimiento de culpa.
Pronto comprobará que sobre su prosa se cierne el peligro de resultar agarrotada, pretenciosa, académica. Recordará la frase de Chesterton: los ángeles vuelan porque se lo toman a la ligera. Deseará que, al menos, esta frase memorable no haya desaparecido aún.
Siguiendo su consejo, pasará al extremo contrario y se volcará en torrentes de escritura automática: durante esos ejercicios de infinita concentración, se obligará a sí mismo a fingir que toda aquella historia de los textos desaparecidos no era más que una superstición pasajera, un engaño de los sentidos que nunca pudo ni podrá corroborar.
Solo de vez en cuando, algunas noches en las que el viento del norte sopla con tanta fuerza que incluso los dobles cristales de la buhardilla retumban, se atreverá a recordar su extraño poder. Y como quien mira de reojo el borde de un acantilado, seguirá escribiendo, bailando de puntillas al filo del abismo, como se ha hecho siempre.

23 abril 2012.



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