domingo, 13 de noviembre de 2011

TRES PRINCIPIOS

Un escritor de principios:


LA VIDA TRANSPARENTE

Conocí a M en el hospital psiquiátrico de Palafolls. Aunque los motivos de mi estancia en aquel centro son fundamentales para comprender el curso y desarrollo de mi vida posterior, hasta el punto que aún me afectan vivamente, ahora mismo son intranscendentes para contar esta historia: si a alguien le despiertan la curiosidad, prometo relatarlos cuando encuentre otra ocasión más oportuna y ya no nos estorben con respecto a lo que aquí interesa.
M fue la primera persona con la que me encontré en Palafolls. Estaba sentado en el jardín y en seguida comprendí que se trataba de un mentiroso compulsivo. Primero, cuando me senté a su lado, trató de simular que no alcanzaba a verme, y cuando intuyó que me disponía a dirigirle la palabra, antes de que tuviera tiempo de preguntarle nada, procuró darme a entender que él también era un recién llegado, igual que yo. En realidad, me dijo, tan sólo estaba de paso con el fin de visitar a unos parientes lejanos, un trámite engorroso que venía esquivando desde hacía demasiado tiempo pero que una vez cumplido no pensaba prolongar más allá de lo imprescindible.
- Estos manicomios -así llamó él al centro- me dan escalofríos. ¿A usted no? ¡Qué repelús! No entiendo cómo les dejan vivir en estas condiciones.
Como de pasada, dejó caer que quizás podríamos marcharnos juntos, ahora que había terminado su visita ya no le importaba esperar un poco más y acompañarme a la estación. Eso me sorprendió, porque era imposible que él supiera si me había desplazado hasta allí en tren o en cualquier otro medio de transporte, pero como estaba en lo cierto, me limité a asentir. Aparentaba veinte años, uno o dos más a lo sumo, y tenía el rostro cubierto de pecas de distintas tonalidades, como si hubiera tratado de desarrollar un mecanismo de camuflaje natural mediante la pigmentación, pero sin atreverse a llevarlo hasta las últimas consecuencias, dejando a medias el experimento científico. M era un tipo desgarbado, alto y flaco, y cuando se acercaba por el pasillo para ponerse en la cola del desayuno, su cabeza sobresalía por encima de las de los demás pacientes, como si no pudiera soportar el hambre por más tiempo y se propusiera sobrevolar los otros cuerpos, acaso atravesarlos. De hecho, tenía una expresión famélica perenne, que ni siquiera los postres del domingo atenuaban lo más mínimo.
Pero lo que llamaba la atención hacia M no eran estos rasgos físicos, sino su locuacidad incontinente, su absoluto –y por eso mismo tan desconcertante- desprecio hacia la verdad. M parecía mentir sin propósito alguno, sobre las cosas más banales, con total dedicación y a tiempo completo. Sus patrañas eran tantas y tan evidentes, sobre objetos tan indiscutibles (la hora que marcaba el reloj del salón de la tele, frente al que nos sentábamos en semicírculo y que, por tanto, todos estábamos viendo a la vez que él; el color del césped del jardín; o si detrás de los visillos blancos resplandecía el consabido sol del mes de agosto o caía una nevada intempestiva) que, por simple acumulación, quedaban desactivadas en el mismo instante de ser proferidas. Por eso, al principio pensé que en la mentira M había hallado un simple pasatiempo, un juego de salón atribulado, acaso fruto de su patología, y que nada quedaba más lejos de sus intenciones que tratar de engañar a sus oyentes. Por supuesto, me equivocaba. M lograría engañarme hasta el final.
¿Continuará?



LAS HOJAS FLUORESCENTES

En medio de la selva, cuando es noche cerrada y apagas las linternas, algunas hojas se resisten a sumirse en la profunda oscuridad y siguen desprendiendo alrededor del sendero una luz fluorescente y amortiguada. Eduardo Monteagudo era como aquellas hojas.
Algunos guías gustan de comparar el fulgor que éstas emiten con las miguitas de pan del famoso cuento, y presumen de conducirse al albur de su leve irradiación en las noches oscuras. Pero, como casi todo lo que puedan contaros los guías en la selva, eso también es mentira. La incandescencia extemporánea de esas hojas es inútil por completo, y ahí radica en mayor parte su belleza.
Conocimos a Eduardo cuando vivíamos en Quito. En aquellos días, toda nuestra suerte dependía del periódico que escogiéramos comprar por la mañana en el quiosco. En Quito hasta el azar tenía truco y podía ser previsto, o al menos, hasta cierto punto, controlarse. Como es natural, los dos principales rotativos de la capital, El Comercio y Hoy, partían de premisas políticas opuestas, y esta diversidad de perspectivas (que, como líneas paralelas irreconciliables, los hechos jamás lograrían hacer converger) era el mejor garante de la supervivencia de ambas cabeceras. Nadie compraría nunca ambos diarios, a menos que necesitara conocer de cerca al enemigo. Pero en nuestro caso, recién llegados, con alma imperturbable de turistas y pensando que no estaríamos allí más que unas semanas, nos desentendimos por completo de la obligación ciudadana de tomar partido, y sin criterio alguno, comprábamos los lunes El Comercio y los martes el Hoy. Fue así cómo en seguida descubrimos que la página del horóscopo era idéntica en los dos, pero con una salvedad: El Comercio publicaba su previsión, calcada a la del Hoy, con un día de retraso. Plagiar el futuro y hacerlo con demora hubiera sido el colmo del despropósito, así que tenía que haber otros motivos que explicaran semejante desatino. Pronto comprendimos que los dos periódicos usaban los servicios de la misma agencia internacional (la más barata) para rellenar las páginas de pasatiempos. Y cabe suponer que los responsables de El Comercio habían preferido abogar por mantener las diferencias con la competencia en todas las secciones, aunque fuera a costa de un hecho tan grave como condenar a sus lectores a vivir con una suerte diferida veinticuatro horas con respecto a los del Hoy, quién sabe si obligándolos incluso a repetir involuntariamente las vidas de los otros, sus opuestos irreconciliables.
Al apercibirnos de esta grave anomalía, mandamos una carta a los directores de ambas publicaciones con el fin de advertirles del desastre. Cuando comprobamos que El Comercio hacía oídos sordos y se negaba a publicarla, dejamos de comprarlo, y lo mismo hicimos con el Hoy un día después, tras haberle dejado el margen de tiempo suficiente por si acaso con lo de las cartas también llegaban tarde. Fue así cómo nos decidimos a vivir de espaldas a la actualidad.
Pasamos unos meses en Quito, derrochando nuestros últimos ahorros. Después, nos fuimos a vivir al norte. 
¿Continuará?


 LEER

         Jesús no sabe leer. Por eso, voy a escribir sobre él. Todos mis mejores cuentos los he escrito inspirado en gente que conozco y en sus verdaderas vidas, y por eso mismo (para no divulgar ciertas inconveniencias que sería deplorable dar a conocer), no puedo publicarlos, al menos hasta que hayan transcurrido varios años de sus muertes, o quién sabe si de la mía, en cuyo caso ya dará lo mismo lo que pueda publicar o no.
         De momento, he dado severas instrucciones  a varios de sus mejores amigos para que le cuenten a Jesús versiones distintas de este cuento: las unas difamatorias, insultantes, las otras halagüeñas, alguna más simplemente indiscreta. Lo siento por él, pero ya se ha hecho tarde. No va a quedarle otra que aprender a leer de una maldita vez.
         ¿Continuará?



Y HASTA AQUÍ LLEGAN POR HOY LOS TRES PRINCIPIOS...
¿QUIÉN SABE CÓMO Y CUANDO CONTINUARÁN?

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