domingo, 6 de noviembre de 2011

LA CRÍTICA ESPECTACULAR

En su artículo “Paso doble” del pasado 7 de octubre, Sergi Pàmies escribe que “el cine de arte y ensayo aplica un código penal distinto del que regula el cine convencional”. Según Pàmies, las películas “de autor” jamás son reprobadas, y por eso le parece ejemplar que uno de los críticos de El País, Carlos Boyero, haya “repudiado y combatido” mi película “Los pasos dobles”. Añade Pàmies que, en cambio, es usual y de buen tono criticar películas “comerciales” como “Larry Crowne”.
Los hechos, sin embargo, desmienten la teoría de Pàmies: hace años que los críticos de los periódicos españoles más vendidos (El País, El Mundo, ABC) denigran e ignoran, de forma sistemática, el cine “de autor o experimental”. Y escribo “ignoran”, porque ésa es la palabra clave: nada se puede reprochar a quién manifiesta sus opiniones honestamente, pero sí a quien renuncia al deber de informar a los lectores. Consultemos la  hemeroteca: cuando en 2002, “El viaje de Chichiro” ganó el Oso de Oro, los lectores descubrimos que la mayoría de los cronistas españoles no se habían dignado a verla. En 2006, “Naturaleza muerta” de Jia Zhang-Ké ganó el festival de Venecia, y de nuevo, los críticos de esos diarios prefirieron descansar; al día siguiente, justificaron su falta de profesionalismo describiendo a Zhang-Ké como un chino desconocido, cuya película se proyectó en “un único pase nocturno” (Boyero). Entonces ocultaron al lector que Zhang Ké ya era un cineasta célebre, premiado en festivales de medio mundo; si no lo sabían, hubiera bastado un vistazo al dossier de prensa o a la web del festival para no tener que engañar a sus lectores. [En Internet pueden leer “La catatonia nacional”, de López Fernández, una apasionante recopilación de los insultos proferidos aquel año contra Lynch, Weerasethakul, Resnais, etc]. En 2008, el mismo Boyero se jactó de abandonar su puesto de trabajo, cuando puso al caer de un burro “Shirin”, de Abbas Kiarostami, sin haberla visto. Entonces, más de dos cientos lectores de El País escribimos una carta de protesta por su lamentable cobertura. Fue cómico comprobar cómo varios profesionales de la critica al trabajo ajeno consideraron que nuestra queja era un “ataque a la libertad de expresión”.
A la vista de los hechos, conviene preguntarse: ¿no será el cine la víctima de “un codigo penal distinto” al que regula las secciones del periódico? ¿Cabe imaginar un periodista deportivo que presuma de desconocer quién es Navarro, un crítico político que ignore la existencia de Tony Blair, o un crítico literario que despedace la nueva novela de Jonathan Franzen tras leer solo las cinco “estúpidas” primeras páginas? Sospecho que, para los periodistas y críticos correspondientes, un debate parlamentario o un mal partido de fútbol pueden ser tan o más aburridos que “Shirin”. ¿Y si no nos contaran las resoluciones del Congreso o el resultado de un encuentro porque “la vida es muy corta para desperdiciarla con tonterías” (Boyero)? ¿Da risa, verdad?
Rafael Argullol ya señaló el  intercambio de papeles entre la crítica cultural y la deportiva: mientras en los artículos sobre fútbol abundan “citas cultísimas de los trágicos griegos”, el periodismo cultural se ha plagado de metáforas atléticas. Y es que, al parecer, algunos periodistas culturales se avergüenzan de su tema de trabajo, la cultura, y procuran esconderla bajo un lenguaje tabernario, lo más impreciso posible. Porque ya ni siquiera mandan las cifras de venta del diario, sino la cantidad de clicks que cada artículo obtenga: así, una película que no gusta (algo tan normal, tan poco espectacular) debe convertirse en un escándalo, en una tremenda “gilipollez”. Y una “periodista” como Mabel Galaz puede titular en la portada de El País digital: “Javier Bardem está enfadado y decide acabar con toda la vajilla”, para que solo al clikar encima descubramos que esa escena “de momento es ficción”.
Por eso, la mayoría de lectores de diarios españoles desconocen que Oscar Pérez y Mia de Ribot compitieron en el pasado festival de Venecia con su película “Hollywood talkies”. Por eso casi ningún diario consideró necesario ofrecer la información adecuada sobre “Todos vós sodes capitás”, de Oliver Laxe, cuando se estrenó tras ganar el premio de la Crítica en la Quinzaine de Cannes. Por eso el espacio mediático dedicado a Larry Crowne es infinitamente superior al que reciben películas como las de Laxe y Perez, en proporción con las inversiones publicitarias respectivas. Demasiado a menudo, en las secciones de cultura se decide qué es noticiable según los criterios del “espectáculo” y el “show business”.
En resumen, si existen “códigos penales distintos” en el periodismo cinematográfico, la diferencia pasa por que en este último se puede mentir,  presumir de ignorancia y despreciar tus obligaciones con los lectores y, en consecuencia, ser premiado por ello. Querido Pàmies: si yo fuera novelista, en lugar de celebrar lo que sucede con el cine, iría poniendo mis barbas a remojar…

ISAKI LACUESTA. LA VANGUARDIA, 6-11-2011



EXTENSIONES AL ARTÍCULO

TOLSTOI CONTRAATACA

En demasiados artículos especializados (el de Pàmies es un buen ejemplo) subyace aún una hipótesis trasnochada: la división de la cultura en dos ámbitos opuestos, “la alta cultura” y “la cultura popular”. El problema viene de lejos: a finales del XIX, cuando un Tolstoi converso escribe “¿Qué es al arte?”, descubre que toda su vida de literato (es decir, toda su vida) ha sido un error y que, en vez de perder sus mejores años escribiendo “Guerra y paz”, debería haberse dedicado a trabajar para el pueblo: es decir, a bordar manteles y componer canciones cosacas. Con la fe del neófito, Tolstoi concluye que las obras de Shakespeare, Beethoven, Miguel Ángel y las suyas propias deberían desaparecer, en una inesperada premonición de las tesis del “arte degenerado”, aquel que no pertenece al pueblo y que por lo tanto es nocivo. Hoy, las tesis del útimo Tolstoi nos parecen, cuando menos, exóticas y desde luego impracticables, pero no deja de ser pertinente que nos preguntemos el por qué.
 En los últimos cien años, la amplitud de las clases medias y una inédita extensión de los sistemas educativos han dado al traste con la vieja división contrapuesta de lo culto y lo popular. Para nosotros, la Capilla Sixtina y la Novena Sinfonía han sido, desde la primera infancia, presencias tan habituales en los medios de comunicación que bien podríamos considerarlas folclore: jamás podríamos tachar de elitistas a estas obras, sino que nos son tan populares y cercanas como Los payasos de la tele, Mazinger Z e Indiana Jones. No por casualidad Spielberg reproducía, en la escena más memorable de ET, la imagen de los dedos extendidos de Cristo y Dios que Miguel Ángel pintó en el Vaticano.
Así, el programa de televisión (¿cultura popular?) de los Monty Python podía bromear sobre los filósofos griegos, Kandinsky y Toulouse Lautrec (¿alta cultura?), del mismo modo que, en la España actual, los humoristas de “Muchachada Nui” graban sketchs sobre los Gremlins y Antonio López sin forzar ninguna impostación. Para las clases medias, eso es lo natural: Jean Renoir lo intuyó a principios del siglo XX, cuando entre “las transformaciones del mundo” señaló que los motivos de las cerámicas y el vestuario de las mujeres empezaban a imitar, inconscientemente, el estilo de los cuadros de su padre Auguste Renoir.
Por eso, cuando algunos críticos de cine insisten en denostar el “arte” y reivindicar “el entretenimiento”, o viceversa, su demagogia cae en saco roto, porque cada vez quedan menos campesinos del antiguo Yásnaya Polaina que puedan leerlos. Por lo demás, la mayoría de los mortales sabemos que no tenemos que escoger entre Tintín y Dostoievski, entre Janácek y Don Simón y Telefunken, porque nadie nos obligará a ir a una isla desierta, y de ser así, tampoco nos preocuparíamos: en un disco portátil de dos teras cabe todo.
Sí: el fantasma que filmó Apichatpong Weerashetakul en “Uncle Boonme” era Chewbacca.


El “CÓDIGO PENAL” EN INTERNET

“In all of its particular manifestations — news, propaganda, advertising, entertainment — the spectacle represents the dominant model of life. It is the omnipresent affirmation of the choices that have already been made in the sphere of production and in the consumption implied by that production. In both form and content the spectacle serves as a total justification of the conditions and goals of the existing system”. Guy Debord, “La sociedad del espectáculo”.  

Los delitos subjetivos
Hace unas semanas, me cité en un bar con un conocido crítico de cine que había sido particularmente feroz con mi trabajo. Aproveché para preguntarle por qué el título de su artículo no era una referencia a mi película, sino una broma personal, un juego de palabras con mi nombre. Me miró, sinceramente sorprendido, y me explicó que él jamás hubiera titulado así un artículo suyo en “el periódico”: lo que yo había leído no era más que su blog en el diario digital.
La respuesta es sintomática. Todavía hay periodistas y directores de diario que siguen considerando que el periodismo “de verdad” se lee en papel impreso y que Internet es lo más parecido a la barra de un burdel. Y aunque ellos sean los primeros adictos a comprobar el número de clicks que lleva cada artículo, como quien controla las cifras de audiencia, no han entendido aún que ya hace tiempo que la mayoría de lectores dejamos de diferenciar entre soportes y solo nos preocupa el contenido de la información.
Eso explica que los principales diarios de España dediquen tan poca atención a revisar las opiniones que publican (porque “publicar” no es “imprimir”, sino “hacer público”): son tan habituales las calumnias e insultos, que al parecer, no escandalizó a nadie que en las ediciones digitales de El Mundo y ABC pudiéramos leer textos que se felicitaban por las muertes del genial Enrique Morente y Joan Brossa (“un gitano menos”, “un catalán menos”);  o más recientemente, un ataque a Arturo Ripstein que rezaba “¿qué puedes esperarte de un judío” o “los mejicanos son un poco EMBRUTECIDOS…”
¿Cambia en algo la responsabilidad jurídica del diario que propaga estas opiniones porque sus autores no sean periodistas en plantilla sino lectores anónimos? Cuando un medio de comunicación cobija y difunde opiniones miserables, es el propio medio el que se miserabiliza;  cuando estas opiniones sean susceptibles de ser delito, son los responsables de los diarios quiénes deben afrontar las consecuencias penales consecuentes.
Sigue primando el discurso paternalista y fariseo, según el cual la publicación de las opiniones de los lectores anónimos busca la igualdad de éstos con los periodistas profesionales (pero sin cobrar): al animalejo lo llaman “democratización de la opinión”. Lo que olvidan añadir es que, cuando pase la gripe de estas primeras décadas con Internet, la verdadera democratización  no se basará en que unos y otros cobren los mismos sueldos: la única forma de demostrar que todas las opiniones les merecen de verdad el mismo respeto será aplicándoles la misma ley.


El pionero

Sin duda, uno de los pioneros en esto de las nuevas tecnologías es Borja Hermoso, el responsable de la sección de Cultura de El País. Ya hace tiempo que pudimos comprobar que, cuando escribe sobre cine, lo hace con conocimiento de causa, a tenor del excelente pulso de palafrenero y gusto por el encuadre que exhibe cuando sostiene el móvil para grabar a su crítico estrella.
Pero donde Hermoso demuestra su talante vanguardista no es haciendo vídeos, sino en twitter.
Hace unas semanas, Borja Hermoso tecleó: “Isaki Lacuesta: puedes dar el nombre de ese jurado de SS al que, según tú, presionó Boyero para que no ganases? Y si no, cállate, por Dios!”.
El “tuit” me impresionó por varias razones. La primera de ellas es que no todos los días el director de cultura del diario más vendido de España me ordena callar la boca o convertirme en delator. De hecho, jamás en la vida he coincidido con Borja Hermoso, por lo que consideré que el tu(i)teo proponía un trato familiar insólito. También me sorprendió que Borja Hermoso decidiera efectuar sus pesquisas periodísticas por twitter, puesto que, al no conocerme de nada, no podía saber si frecuento o no ese medio, que por cierto jamás utilizo. En la redacción de El País disponen de mi teléfono móvil por si algún día se muere un cineasta o algún ministro amigo y tienen que llamarme con urgencia. Pero no: en vez de telefonearme, Hermoso creyó más eficaz gritar al viento, lanzar una botella al mar. Periodismo de investigación, lo llaman. Por suerte, no se equivocaba demasiado: el mar anda tan revuelto que mis amigos tuiteros solo tardaron dos días en hacerme llegar su mensaje.
Borja Hermoso ya mereció hace poco un varapalo por parte de la defensora del lector de su diario. Ahora me pregunto: ¿ordenar a los cineastas que cierren la boca (¡Por Dios!) forma parte de esa misma línea editorial de la sección que dirige o fue un exabrupto espontáneo y puntual? Ahora se me ocurre malpensar que, tal vez, lo que el director de cultura de El País pretendía era amenazarme: eso, acaso, hubiera sido eficaz si la prensa tuviera aún el mismo poder que ostentaba hace dos décadas. Pero, por suerte o por desgracia, el periodismo escrito y el cine son dos oficios que han perdido la posición central que la sociedad les otorgó a lo largo del siglo XX, y por eso, ahora conviene ejercerlos desde la periferia, modesta por fuerza y por definición. Estas pequeñas reyertas no son, al fin y al cabo, más que los coletazos de fantasmas que se pisan las sábanas.

Recuerdos

Ya escribí en cierta ocasión que comprendí cual era el poder de la prensa cuando descubrí a mi hermano envolviendo un bocadillo de atún con una de mis críticas de cine. Empecé a publicar en 1994 y, pocos meses después, empecé a cubrir como cronista el festival de San Sebastián. Mis artículos de entonces no eran buenos; una tarde descubría, por ejemplo, quién era Rohmer, iba a la biblioteca, trataba de entender su propuesta (¿por qué diablos los personajes miraban a cámara? ¿quería decir algo?) y después redactaba textos inevitablemente didácticos, puesto que era yo quien estaba aprendiendo al mismo tiempo que escribía. En cierta ocasión, me pareció encontrar analogías entre una escena de Lars von Trier y otra de Dreyer: así lo escribí en un artículo candoroso, pero al día siguiente descubrí que lo habían cortado, “porque ninguno de nuestros lectores sabrá quién es el tal Dreyer”. Traté de argumentar ante mis superiores que incluso yo (un adolescente de clase media crecido en un pueblo de 13.000 habitantes) había aprendido quién era Dreyer precisamente así, gracias a un artículo de prensa en el que hablaban de él. Pero fue en vano: me explicaron que el periodismo tenía que ser como esos políticos que, en vez de proponer su ideología a los ciudadanos, moldean sus ideas en función de los sondeos de opinión y las encuestas.
Sigo pensando que se equivocaban. El periodismo es el mayor instrumento de divulgación del conocimiento de la modernidad y no podemos permitirnos el lujo de renunciar a su capacidad pedagógica. De Quincey escribió que uno empieza matando viejecitas y termina dejando de limpiarse los dientes. Del mismo modo, uno empieza escribiendo artículos al dictado del marketing y termina anunciando la extinción del Ministerio de Cultura.

Y puntualización definitiva

Ah, por cierto, señor Hermoso (internet es lo más parecido a la telepatía):  no creo que tenga ninguna importancia y, de hecho, me resulta hasta desagradable, pero sabiendo que a usted le gusta acusarme de falsario y que podría aprovecharlo para pasar por alto todo lo anterior, me siento impelido a explicar lo siguiente: testigos presenciales me cuentan que, en realidad, Carlos Boyero no presionó a ningún miembro del jurado de San Sebastián (por lo que deduzco que mis fuentes del jurado exageraron la nota para demostrarme hasta qué punto les gustaba “Los pasos dobles”). Lo que me explican los testigos es que, en realidad, Carlos Boyero abordó con nocturnidad a un miembro del jurado y, alentado por los míticos gin-tonics del bar Dicken’s, se dedicó, no a presionar, sino a proclamar vehementemente sus opiniones sobre algunas de las películas a concurso, entre ellas la mía. Desde mi triple experiencia como periodista, cineasta y cliente ocasional del Dicken’s, debo reconocer que esta versión me parece mucho más verosímil, y resume perfectamente porque el cine y el periodismo han perdido su antiguo papel central.
En cuanto a cuáles eran mis fuentes y lo que sucedió en Donosti, Borja Hermoso lo sabe perfectamente desde el primer día. Entiendo, por lo tanto, que su tuit era pura retórica.


LA RETÓRICA: FISKING A BOYERO

“In analyzing the spectacle we are obliged to a certain extent to use the spectacle’s own language, in the sense that we have to operate on the methodological terrain of the society that expresses itself in the spectacle” (Guy Debord, La sociedad del espectáculo). 

CARLOS BOYERO, EL PAÍS.

“LAMENTABLE CONCHA DE ORO AL EXOTISMO CRÍPTICO”“Al recibir la delirante Concha de Oro concedida a Los pasos dobles escucho en la emocionada boca de la productora y del ufano [“RAE. Ufano: 1. Adj. Arrogante, presuntuoso, engreído. 2. Adj. Satisfecho, alegre, contento”; justo en medio de las dos acepciones se encuentra el límite exacto entre lo subjetivo y lo objetivo; el artículo, por si acaso, ya se había decantado en la cuarta palabra] director Isaki Lacuesta que el equipo que la llevó a cabo en Mali sufrió insolaciones, peligrosas picaduras de insectos, tormentas de arena, malaria y no sé cuántas desgracias más [Lo subjetivo pasa a ser falsedad. Boyero escuchó mal. Ni Luisa Matienzo ni yo dijimos eso: fue la guionista Isa Campo quien agradeció a los trabajadores de nuestro equipo técnico que aceptaran rodar en condiciones complejas, “en una aventura intensa y apasionada”, y porque pese a que algunos de ellos sufrieron “ataques de malaria e insolaciones (…) todavía nos quieren”]. Que se jugaron literalmente la vida. Y lamentas que el oficio o el arte de hacer películas exija a veces la tarea de los héroes, que los autores sean tan intrépidos y sacrificados como para enfrentarse a tales padecimientos [Boyero, asistiendo a Cannes 2009: “Estoy agotado física y mentalmente, me cuesta andar y caminar. No consigo dormir ni con somníferos. Llevo aquí 10 días y ya me siento demasiado mayor para estas cosas. Lo normal es que diga y escriba mogollón de tonterías. Me estoy planteando seriamente lo de ganarme la vida de otra forma”; “Cuando han pasado dos horas me siento literalmente agotado, tengo la impresión de que no se va a acabar nunca” (Boyero, viendo Piratas del Caribe 4] a cambio de poder regalarle [le, le, lerele] gozo, inquietudes, sentimientos [conozco periodistas que dedican más tiempo a recortar su texto que a escribirlo, con el fin de comprimir el máximo de ideas en el espacio reducido de una columna: evidentemente, éste no es el caso de Boyero, cuyo recurso estilístico más frecuente es “la coma y seguido”: sus catálogos de sinónimos e ideas vagamente afines no tienen otro propósito que rellenar la plantilla cuanto antes] y un universo insólito al amado público [¿ironía? ¡si mis espectadores son tan escasos que puedo amarlos uno a uno…!].
También añaden los responsables [no dude que lo somos] de Los pasos dobles que sus padecimientos han merecido la pena, ya que la mayoría del cine actual es aburrido y previsible [Boyero miente aquí deliberadamente para hacer de mí una caricatura de lo que imagina como “autor”, ese insulto. Nunca dijimos eso, sino todo lo contrario: “no creo que hayamos competido con los cineastas que estaban en este festival. Son cineastas que admiro muchísimo. Para nosotros es un enorme lujo poder estar al lado de gente como Kore Eda, Ripstein, Urbizu, Zambrano, Terence Davies, nada más lejos de nosotros que pensar que el cine es una carrera de caballos”]. Y llevando el tal Lacuesta a extremos grotescos su certidumbre de que ha parido algo lírico, original [para desmentir a Boyero, bastaba leer en El País del mismo día la entrevista que me hicieron Gregorio Belinchón y Rocío García: "No creo que sea una película novedosa, porque bebe de toda la tradición”] y grandioso [“la nuestra es una película muy pequeña”: ceremonia de clausura y rueda de prensa del Kursaal] en medio de la generalizada mediocridad [como dije en la rueda de prensa: “creo mucho en que haya cine de todos los tipos, como espectador y como cineasta. Y en el cine español está pasando esto, hay cine de todos los estilos. Lo que más echo en falta en el cine español es un poco más de tradición,  aprovechar lo que han hecho los que han venido antes. Doy clases en la universidad y me doy cuenta que mis estudiantes conocen a directores tailandeses, camboyanos y filipinos, pero no saben lo que hizo Carlos Saura, Patino, Jaime Chavarri, Camus o Gonzalo Suárez… En España parece que tenemos siempre ganas de cargarnos todo lo que existe y empezar siempre de cero, y así nos va. Si aprovecháramos el trabajo de los maestros… Bueno, en eso estamos”], asegura que si ustedes leen críticas sobre su película calificándola de ininteligible [al parecer, eso es lo único que Boyero escuchó bien: quizá se dio por aludido], no se lo crean. O sea, que los espectadores pasen por la taquilla [como diciendo: estos que hacen películas raras, siempre pensando en forrarse] para palpar la incuestionable verdad, que comprueben en primera persona [te quiero personalmente] la belleza de la criatura que ha engendrado [abreviando: “del engendro”] Lacuesta.
Por su parte, Miquel Barceló ha enviado una nota exaltando el valor de las microminorías y los milagros que el arte puede lograr cuando se asocian los cineastas y los pintores [Boyero vuelve a ver fantasmas: en la nota de Barceló no hay ni rastro de milagros, sino más bien un asomo de nuestras limitaciones y contradicciones: “Los dogon, los pintores, los catalanes de ultramar, tal vez los cineastas. Somos minorías, orgullosas microminorías. Pero también los dogon forman parte de esta mayoría, de esta mitad de la población mundial que carece de lo elemental. Estamos aquí como ejemplo vivo de esta contradicción. La pintura, como el cine, está hecha de la unión de contrarios”]. Igualmente ha resaltado la humanidad y la capacidad de resistencia del pueblo dogón, de gente que carece hasta de lo mas elemental.
No dudo del respeto y la solidaridad de Barceló hacia los habitantes de Mali ni de su amor a una tierra áspera [“una tierra áspera”: Barceló, ése sí que debe ser un héroe intrépido y sacrificado] que le ha inspirado la creación de pinturas fascinantes. Y quiero imaginar que El cuaderno de barro, el documental que ha hecho Lacuesta sobre el trabajo de Barceló allí, debe de ser notable [impostemos ecuanimidad, no se note que nos pasamos de la raya, pero hagámoslo con lo que aún no hemos visto], constatando la habilidad del director en ese género [el documental no es un género, como no lo es la ficción: por eso hay documentales musicales, periodísticos, incluso de terror, y festivales especializados en distintos géneros del documental] y el privilegio de que Barceló permita que una cámara filme su taller africano y sus relaciones con los nativos [cuando “los nativos” son de Madrid se les llama ”madrileños”; solo cuando llevan boina pasan a ser “lugareños”; por eso mismo, “nativos” es aquí un sinónimo de “los negritos”].
Aclarado mi interés inicial hacia lo que todavía no he visto [gracias de nuevo, sin duda ya nos contará cuando lo vea, ¿verdad?] y la perdurable hipnosis que me provoca la obra de Barceló [¿tal vez aún bajo sus efectos?], reclamo mi derecho a considerar que Los pasos dobles no solo es ininteligible, sino también vanamente pretenciosa, mortalmente aburrida, un fracaso narrativo en su intento de mezclar las leyendas y el realismo, un puzle caprichoso, un relato muerto sobre la odisea de un aventurero y artista que creó una especie de Capilla Sixtina en un búnker militar del desierto y lo hundió en la arena para que nadie pudiera destruir su creación, un retrato costumbrista de rituales y ceremonias de Mali que solo provoca indiferencia o tedio, una pseudopelícula en la que solo abandono la somnolencia en las breves secuencias que captan a Barceló pintando [derecho concedido, faltaría más].
Y por supuesto, estoy de acuerdo con el director en que el veredicto [el cine, carrera de caballos, juicio final] lo otorgarán los espectadores cuando se estrene [la película se había estrenado el viernes anterior]. Tampoco albergo dudas de que la espléndida actriz Frances McDormand, presidenta del jurado y presumible enamorada de Los pasos dobles, será consecuente en el futuro y se ofrecerá a trabajar [la lógica imposible de esta frase solo puede explicarse a partir de los efectos de la citada hipnosis: ¿se ofrecerá el periodista a trabajar para los productores cuyas películas elogia?, ¿creerá en las prebendas?] incluso gratuitamente [no haría falta; en mis películas cobran hasta “los nativos”] en las próximas y apasionantes ficciones [haremos todo lo posible] de este director tan convencido de su excepcionalidad [“me ha parecido especialmente emocionante ver, en la imagen de todos los premiados al final de la ceremonia, a Isaki Lacuesta señalando insistentemente a Kore Eda, como diciendo: “Vean su película. No se la pierdan”, Rafael Suárez, “El descubrimiento del Bósforo”].

“En un mundo que está realmente cabeza abajo, la verdad es un momento de lo falso” (Guy Debord, La sociedad del espectáculo)

AVISO PARA NAVEGANTES

Ya critiqué públicamente los modos y la filosofía de Boyero cuando las críticas a mis películas publicadas en El País eran muy halagadoras.  Evidentemente, no pienso dejar de hacerlo ahora.
Como cineasta, nunca he tenido ningún problema con las críticas negativas a mis películas. De hecho, y en contra de lo que se ha escrito a raíz del pasado festival de San Sebastián, desde mis primeros trabajos he recibido críticas excelentes y demoledoras, y así seguimos. Por ahora, el número de espectadores de mis películas se mantiene parejo, tanto si escriben que he dirigido una obra maestra o una idiotez. Alvaro Arroba y Daniel Villamediana escribieron en Letras de Cine que “Cravan vs Cravan” era un “engendro”, y hoy les sigo considerando amigos y cinéfilos con gusto. Respeto las críticas negativas que acostumbran a hacerme Luis Martínez en El Mundo y Pedro Vallín en La Vanguardia, y siempre es un placer argumentar con este último y tratar de convencernos mutuamente.
Sin embargo, la mala fe y la mentira son incompatibles con el ejercicio de la crítica y con el periodismo, y por eso repudio el estilo de Boyero, autoerigido en caricatura de la pereza, de cómo no informar a los lectores.


DETECTOR DE FIRMANTES DE LA CARTA A EL PAÍS CONTRA LA MALA COBERTURA CINEMATOGRÁFICA DE EL PAÍS

Sobre “Lo que sé de Lola”, de Javier Rebollo, Carlos Boyero había escrito: “Es interesante, tiene estilo, el punto de partida es tan original como atractivo. También me gusta bastante Lola Dueñas y me intriga el friki de su enamorado” (El Mundo, encuentros digitales). “Me interesa bastante el estilo de Javier Rebollo para contar una historia tan arriesgada y, como siempre, me gusta ver y oir a
 esa actriz tan convincente como gratamente rara llamada Lola Dueñas (EL MUNDO, 2006).

En El País, Boyero escribió en 2009:
“Sólo recuerdo de Lo que sé de Lola, la anterior película de Javier Rebollo, que había una manchega que después de vivir en París regresaba a su pueblo, pero además de no enterarme de qué iba la movida me dejaron indeseable huella unas imágenes relamidas, diálogos minimalistas y un tono vocacionalmente hermético”.

Definitivamente, sí: Javier Rebollo era uno de los doscientos firmantes de la carta.


PASATIEMPOS

¿Se atreven a adivinar ustedes quién es la persona más insultada en la prensa española reciente? ¿Quién puede haber recibido más descalificativos en un solo artículo? ¿Gadafi? ¿Bin Laden? ¿Quizás Mourinho?
Leamos:
“Viscoso”, “mezquino”, “asqueroso”, “melifluo”, “políglota” (sí, “políglota” es ahora un insulto, como lo sigue siendo “afrancesado” y lo son “artista” y “titiritero”), “[representante del] facherío prepotente”, “impresentable”, “atroz”…
A estas alturas, queda claro que no puede ser ninguno de los nombres anteriores, ya que la imagen del mal absoluto siempre suscita, como mínimo, un cierto respeto en la prosa de los periodistas.
“Como no creo en el infierno, tampoco puedo deseárselo a un gestor que convirtió un festival estimulante en el paraíso del cine más atroz”.
¿Un gestor?
En efecto, el objeto de tanto odio es Marco Muller, director del festival de Venecia. ¿Su pecado? Programar películas de cine a partir de unos gustos distintos a los de Carlos Boyero.
No en vano, en la sección de cultura de El País, las personas con criterios distintos a los suyos, a quiénes gustan otras películas, no solo no merecen ningún respeto, sino que deben ser tildados literalmente de “tarados“ o “idiotas”.
Recordemos que estamos hablando de películas, de disfrutarlas más o menos, y no de otra cosa. Como exclamaba Berto Romero en su añorada sección de “Buenafuente”: “¡Desproporciooooón!”.
Por lo demás, a falta de cine, la cobertura de Venecia 2011 nos gratificó con uno de los hitos de la comicidad involuntaria moderna. En su crítica a Muller, Boyero escribía que “entendería perfectamente que me mandara unos sicarios”, pero no ¡que le cambiaran de hotel! En el mismo tono de crío despechado, lamentaba que Muller no le hubiera invitado a cenar con la elite de los periodistas. Boyero alegaba, indignado, que él estaba en el festival como representante de su diario y que por tanto debería poder sentarse a cenar con Muller. Es decir: el mismo Boyero que olvida representar a sus lectores durante el visionado de las películas, aprovecha el espacio supuestamente destinado al cine para exigir que, como representante de los lectores, le toca pegarse una comilona.

Estos ejemplos caricaturescos, al límite de la autoparodia, me llevan a la siguiente idea de Kundera, tan cercana a Guy Debord:
“La novela (como toda la cultura) se encuentra cada vez más en manos de los medios de comunicación; éstos, en tanto que agentes de la unificación de la historia planetaria, ahondan y canalizan el proceso de reducción; distribuyen en el mundo entero las mismas simplificaciones y clichés que pueda ser aceptados por la mayoría, por todos, por la humanidad entera. Y poco importa que en sus diferentes órganos se manifiesten los diversos intereses políticos. Detrás de esta diferencia reina un espíritu común. (...) Todos tienen la misma visión de la vida que se refleja en el mismo orden según el cual se compone su sumario, en las mismas secciones, en las mismas formas periodísticas, en el mismo vocabulario y el mismo estilo, en los mismos gustos artísticos y en la misma jerarquía de lo que consideran importante y lo que juzgan insignificante. Este espíritu común de los medios de comunicación disimulado tras su diversidad política es el espíritu de nuestro tiempo. Este espíritu me parece contrario al espíritu de la novela [espíritu de la complejidad]” (Milan Kundera).

El productor Agustín Almodóvar dijo lo mismo en prosa y traducido al español: “Carlos Boyero es Belén Esteban”. Y añado ahora: igual que esas portadas de Muy Interesante que venden sexo y pechuga como ilustración científica y conocimiento.


DICCIONARIO DE TÓPICOS (1):


- “ESTOS LO QUE QUIEREN ES HACERNOS SENTIR IDIOTAS”:

“Una coartada [la experimentalidad y la ambición artística en el cine”] que (…) ha servido para que unos cuantos impostores y caraduras nos hagan sentir más idiotas de lo que somos en realidad” (Sergi Pàmies, La Vanguardia)

Nadie tan vanidoso como aquél que piensa que un autor se ha molestado en hacer una obra entera solo para tomarle el pelo. Eso opina uno de los personajes de “El síndrome de albatros”, de Gonzalo Suárez, y yo le secundo.
¿Le sucederá lo mismo a Pàmies (reconocido futbolero) cuando ve jugar al ajedrez, saltos de esquí o balomano? ¿También pensará que se calzan los esquís y lanzan por los aires solo para  que se sienta idiota?
En “El arte de la novela”, Milan Kundera definió la palabra “misomuso”: “No tener sentido para el arte no es grave. Se puede no leer a Proust, no escuchar a Schubert y vivir en paz. Pero el misomuso no vive en paz. Se siente humillado por la existencia de una cosa que lo sobrepasa, y la odia”. Según Kundera, la consecuencia es “la misomusia democrática: el mercado en tanto que juez supremo del valor estético”.
¿Los usuarios del AVE a Madrid se creerán con derecho a criticar la existencia de la línea del cercanías a Puigcerdà porque son “cuatro tarados” que no aceptan las costumbres de la mayoría y, encima, sus vías las pagamos entre todos?
Poco poquito nos falta para llegar a eso. Al fin y al cabo, escuchamos argumentos parecidos sobre el cine cada día, y ya nos parecen normales hasta a nosotros.


- “LOS PRIVILEGIADOS DEL CINE”.

“El peligro es que personas inteligentes participen de una ceremonia de la confusión que quiere preservar los privilegios de una jerarquía que difícilmente puede demostrarse de modo objetivo”. (Sergi Pàmies, La Vanguardia)

En el artículo de Pàmies, la personalidad de los privilegiados y cuáles son sus privilegios cae en el terreno de lo ambiguo. ¿A quién alude? ¿A los cineastas experimentales? ¿Los críticos que los defienden? ¿Las películas artísticas que, según él, merecen el aplauso general?
En cualquier caso, Pàmies solo cita tres nombres: Carlos Boyero, Terrence Malick y yo.
Así que, por si acaso, y puesto que llueve sobre mojado, aclaremos lo siguiente: mi sueldo, como el de todos los técnicos y productores que han trabajado conmigo, es del dominio público. Pueden encontrarlo en el ICAA. De paso, quien tenga curiosidad, podrá verificar que la mayor parte de la financiación de “Los pasos dobles” no proviene de subvenciones (que las hay, en un porcentaje minoritario), sino de fondos privados: en concreto, de las productoras Tusitala PC y Bord Cadre, así como de la inversión particular de un filántropo suizo que aprecia mis películas.
A partir de aquí, si los privilegios son de cualquier otra naturaleza, estaré encantado de darles mi dirección para que me los manden cuanto antes. De momento no han llegado. Por cierto: ¿no sería hermoso que algún periodista pusiera en contexto las subvenciones que recibe el cine comparándolas con las de otros sectores? En especial, con el total de dinero que reciben del Estado, de modo directo e indirecto, los mismos diarios que se llenan la boca llamando chupópteros a los del cine.
¿Quiénes son entonces los privilegiados?
Volvamos a Kundera: “La propaganda oficial en los países comunistas empezó a fustigar el elitismo y los elitistas al mismo tiempo. Con estos términos no designaba a los directores de empresa, a los deportistas célebres o políticos, sino exclusivamente a la elite cultural, a filósofos, escritores, profesores, historiadores, hombres de cine y teatro. Sincronismo asombroso. [El uso de la palabra] deja suponer que en toda Europa la elite cultural está cediendo su lugar a otras elites. Allá, la elite del aparato policial. Aquí, a la elite del aparato de los medios de comunicación. A estas nuevas elites nadie las acusará de elitismo” (1986).


-    “NO PARECE UNA PELÍCULA ESPAÑOLA”.

Coletilla que, durante décadas, ha servido para referirse a películas de Juan Carlos Fresnadillo, Enrique Urbizu, Alex de la Iglesia, Daniel Calparsoro, Isabel Coixet, Oscar Aibar, Alejandro Amenábar, Javier Rebollo, Chapero Jackson, José Luis Guerín, Marc Recha, Mariano Barroso, Javier Fesser, Gonzalo Suárez, Juanma Bajo Ulloa, Nacho Vigalondo, Jame Balagueró, Paco Plaza… y otros tantos que ahora me olvido. El cine español: todo aquel que parece extranjero.


Viceversa:
este periodista (este espectador) no parece español.


- ABRIR LOS HORIZONTES

Decía Sony Rollins que hay dos tipos de música: la que busca confinar al oyente y la que intenta expandirlo. Lo mismo sucede con las películas y con la crítica de cine.
            Baudelaire ya señaló que la crítica debe “adoptar un punto de vista exclusivo que abra al máximo los horizontes”.
            ¿Cuáles son los horizontes que nos abre el periodismo cultural español a diario? De hecho, podemos medir su extensión geográfica, su verdadero alcance, con absoluta precisión: bastaría calcular qué porcentaje de su tiempo dedican los informativos televisivos a la música, el arte contemporáneo y la literatura, y comprobar cómo, simplemente, sirven de música y telón de fondo a los créditos con que terminan las noticias.
            Veremos así cómo la información cultural patria raras veces ha servido para abrir los horizontes sino, literalmente, para cerrarlos. 

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